Jueves, 20 de diciembre de 2007
EL MATRIMONIO

§ 1.— Nociones generales

44. CONCEPTO Y CARACTERES.— Según la clásica definición de Portalis, el matrimonio es una sociedad del hombre y la mujer que se unen para perpetuar su especie, para ayudarse, para socorrerse mutuamente, para llevar el peso de la vida y compartir su común destino. Más brevemente, es la unión del hombre y la mujer para el establecimiento de una plena comunidad de vida.

El matrimonio es la base necesaria de la familia legítima. Basta recordarlo para comprender su trascendencia en todo el Derecho de familia y más aun en toda la organización social. Por ello decía Cicerón que el matrimonio es principium urbis et quasi seminarium rei publicae.

45.— Sus caracteres esenciales son los siguientes:

a) Implica una unión del hombre y la mujer, unión que se traduce en derechos y deberes recíprocos. Para fortalecerla, la ley procura una división de trabajo y de potestades, y en determinados casos, concede la decisión preponderante a uno de los esposos.

b) Es una unión permanente; este carácter se manifiesta aun en los países que admiten la disolución del vínculo por mutuo consentimiento porque cuando dos personas se casan, lo hacen para toda la vida, con el sincero propósito de pasar juntos las alegrías y los dolores que depare el destino, y aunque más tarde se divorcien y vuelvan a contraer nupcias, hay siempre en la institución un íntimo y connatural sentido de permanencia.

c) Es monogámica; aunque algunos pueblos conservan todavía la poligamia, todos los países de civilización occidental y cristiana han adoptado el régimen de singularidad. Y no solamente no se concibe más que un solo vínculo matrimonial, sino que los esposos no pueden tener comercio sexual con ora persona que no sea su cónyuge. La fidelidad conyugal es uno de los pilares de la solidez y la dignidad de la institución.

d) Es legal. No basta la simple unión del hombre y la mujer, aunque tenga permanencia, como en el caso del concubinato, o se hayan engendrado hijos; es preciso además que se haya celebrado de acuerdo a la ley. Sólo así queda bajo el amparo y la regulación de ésta. Es claro que la noción del matrimonio no se agota aquí, pues, por encima de lo legal, está su sustancia moral y religiosa. De ahí que las normas jurídicas, religiosas y morales se disputen el dominio en esta materia y que, como lo observa De Ruggiero, una de las características más salientes de la historia de la institución es la lucha mantenida entre la Iglesia y el Estado afirmando su derecho exclusivo a regularla. Hace ya muchos siglos decía Modestino: “Matrimonio es la unión del marido y la mujer y la fusión de toda vida y comunicación del derecho divino y humano” (Digesto, XXIII, 2, 1).

46. FINES.— Los fines normales del matrimonio son la satisfacción del amor, la mutua compañía y asistencia, la procreación y la educación de los hijos. Decimos normales porque no siempre se procuran todos ellos; así, por ejemplo, los matrimonios entre ancianos o in extremis no contemplan la procreación.

Según la doctrina canónica, los fines del matrimonio son tres: 1) El principal o primario es la procreación y la educación de los hijos. 2) El secundario es la ayuda mutua: “No es bueno que el hombre esté solo; hagámosle una compañera semejante a él” (Génesis, II, 18). 3) El último es el remedio a la concupiscencia: “Más vale casarse que ser devorado por las pasiones”.

47. ETIMOLOGÍA.— Matrimonio deriva de matris, madre, y monium, cargo o gravamen, Llama la atención esta etimología, pues sería más lógico que el nombre de la institución derivara del padre, tanto más cuanto que la palabra matrimonium nació precisamente cuando aquél era dueño y señor (véase nº 9). Parece, sin embargo, que con ella se ha querido expresar que las cargas pesadas recaen sobre la madre. Así lo explican las partidas: Ca como quier que el padre los engendra, la madre sufre muy grand embargo con ellos, de mientras que los trae, e sufre muy grandes dolores cuando han de nascer; e después que son nascidos, hay muy grand trabajo en criar a los fijos por sí.

En cambio, la palabra maridaje, muy poco usada en nuestro idioma, deriva de marido, lo mismo que la francesa mariage, la italiana maritaggio y la inglesa marriage.

El sinónimo casamiento, deriva de casa, significando la idea de que los cónyuges tienen casa común.
48. EVOLUCIÓN HISTÓRICA.— El matrimonio ha ido sufriendo a través de los tiempos un largo proceso evolutivo hacia su perfeccionamiento y dignificación.

La forma más bárbara y más repugnante a la naturaleza de la unión permanente entre los individuos de diferentes sexos es la poliandria, o sea el vínculo simultáneo de una mujer con varios hombres. Sólo muy pocos ejemplos se conocen. Mucho más extendida fue en cambio la poligamia, que supone la unión de un hombre con varias mujeres. Esta es, si duda alguna, mucho más compatible con la naturaleza que la anterior. Permite al hombre satisfacer sus apetitos sexuales durante el largo período del embarazo, de lo que está privado en el matrimonio monogámico y puede así seguir engendrando hijos; no tiene, además, el inconveniente de la poliandria de hacer incierta la paternidad. Aun así, esta institución es una deplorable forma de barbarie. La poligamia disminuye la dignidad de la mujer, excita la concupiscencia del hombre, es fuente de interminables querellas en las familias, corrompe la moral. La misma naturaleza indica la necesidad de aceptar la unión monogámica; por un misterio que no tiene otra explicación que el designio divino, el número de hombres y mujeres es casi igual. Las estadísticas de todos los pueblos revelan apenas ligerísimas diferencias en favor de uno u otro sexo. ¿No es esto prueba de que cada hombre debe vivir con una mujer?

Todos los pueblos civilizados han adoptado la monogamia; sólo se mantiene aún la excepción de los musulmanes, pues la poligamia está autorizada por el Corán. Aun así, no es practicada sin por un número muy reducido de personas, pues la forma normal es la singular. En un esfuerzo por combatirla, algunos juristas árabes se han esforzado en demostrar que, no obstante que el Corán parece autorizar la poligamia, la condiciona de tal modo que la hace prácticamente imposible para quien practique con honestidad y rigor los preceptos del Libro Santo.

La barbarie primitiva se manifestaba también en la forma del casamiento y en su régimen. Las mujeres se conquistaban por el rapto y la guerra; naturalmente se les aplicaba la ley del vencido. Se encontraban en una situación similar a la esclavitud y su marido tenía sobre ellas derecho de vida y muerte. Todas las tareas manuales pesaban sobre ellas; el hombre sólo se ocupaba de la guerra y de la caza.

La compra de la mujer a sus padres significó un progreso de la civilización, pues la fuerza se reemplazó por la negociación pacífica. Pero no por ello mejoró sustancialmente la situación de la mujer, que siguió sometida a la voluntad omnímoda de su dueño.

En el Derecho Romano se conocieron tres formas de matrimonio: la conferreatio, ceremonia religiosa cumplida en presencia del flamens Dialis y diez testigos; la coemptio o compra, que al principio fue efectiva y luego meramente simbólica; y el usus, que era la adquisición de la mujer por una suerte de prescripción: bastaba la posesión de ella por un año. En los primeros tiempos, la mujer se encontraba en una situación de absoluta dependencia de la voluntad omnímoda de su marido; más tarde, dulcificadas las costumbres, se inició un proceso de emancipación que la corrupción de la época convirtió en libertinaje. El divorcio por voluntad unilateral de cualquiera de los cónyuges se hizo frecuentísimo; estalló la unidad y fuerza de la familia primitiva, la vida sexual se volvió licenciosa.

49.— El cristianismo emprendió entonces la tarea de dignificar al matrimonio. Ante todo, le dio carácter sacramental; las consecuencias eran fundamentales, pues teniendo el vínculo una naturaleza sagrada escapa a la voluntad de los esposos. En otras palabras, el matrimonio fue declarado indisoluble. Dignificó a la mujer, elevándola a la condición de compañera y amiga y ordenando a los maridos guardarles fidelidad y amarlas como Cristo amó a la Iglesia" (Encíclica Casti Connubi, 17). Y sentó el principio moralizador de que la celebración del matrimonio requiere la libre voluntad de los contrayentes, con lo que combatía no sólo las formas bárbaras de violencia y la compra, sino también las más evolucionadas pero no menos repudiables de los “matrimonios por conveniencia” concertados por los padres o espaldas de los propios interesados.

Durante muchos siglos el matrimonio y la familia se estructuraron sobre las sólidas bases sentadas por la Iglesia. Más tarde, los factores de descomposición que hemos señalado en otro lugar (nº 6) condujeron a un debilitamiento de la institución; pero en todos los pueblos de civilización occidental la influencia de la moral cristiana sobre la concepción del matrimonio y sobre su régimen sigue siendo exclusiva.

50.— Los últimos y más serios ataques contra la institución del matrimonio, tal como se ha configurado bajo la influencia del cristianismo, han prevenido del comunismo ruso y del neopaganismo alemán.

El régimen comunista estableció el casamiento y el divorcio de hecho, es decir, el amor libre. “El parentesco de hecho —decía el art. 133, Código de Familia— está reconocido como base de la familia”.

Muy desastrosas deben haber sido las consecuencias de esta brutal degradación del matrimonio, cuando el propio régimen ha debido dar marcha atrás. Primero exigió la inscripción del matrimonio y del divorcio; más tarde se han establecido las nupcias formales y el divorcio declarado judicialmente. Finalmente, el Estado interviene activamente para evitar la disolución de las uniones (véase nº 625).

El neopaganismo alemán fue la filosofía de un momento de soberbia y extravío. Adopta un panteismo evolucionista: Dios es el cosmos viviente, es el hombre y para que el hombre adquiera conciencia de sí mismo, es necesario desarrollar plenamente la personalidad humana y todas sus fuerzas vitales, destruyendo los prejuicios y los obstáculos que se opongan en ese camino; sólo así se formará una raza fuerte capaz de dominar al mundo y de vencer sobre todos. El matrimonio cristiano que se concibe como un derecho natural al que tienen acceso tanto los sanos y fuertes como los deficientes, tiene que ser superado. El engendramiento debe ser el resultado de una cuidadosa selección científica; no interesa, pues, tanto la unión estable del matrimonio como la unión de las mejores madres y los mejores padres. Además, la formación de una raza superior exige una educación altamente tecnificada, que sólo puede estar en manos del organismo estatal; la familia pasa pues a segundo plano en el orden formativo del espíritu de los hijos.

Es necesario decir, sin embargo, que estas exageraciones de algunos teóricos del nacionalsocialismo no llegaron a destruir a la familia alemana ni se tradujeron en una legislación coherente. Empero, se dictó bajo su influencia la ley del 14 de julio de 1933 sobre esterilización de deficientes, la ley del 15 de septiembre de 1935 sobre la defensa de la sangre y del honor alemanes, la del 18 de octubre de 1935 sobre certificado prenupcial de que no se padecía ninguna enfermedad contagiosa o hereditaria peligrosa o de trastorno mental, y la del 6 de julio de 1938 que prohibió el matrimonio entre arios y judíos.

La derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial y la consecuente derrota del hitlerismo pusieron término a esta nueva desviación pagana.

51. NATURALEZA JURÍDICA: ¿CONTRATO O INSTITUCIÓN?— Una larga disputa se ha trabado en torno a la naturaleza jurídica del matrimonio. La doctrina clásica veía en él un contrato, puesto que requiere el acuerdo de los cónyuges. Este punto de vista fue defendido tenazmente desde dos campos opuestos y con propósitos muy distintos. Los canonistas lo sostuvieron para dignificar la unión del hombre y la mujer, superando los resabios de la coemptio y el usus romanos y para combatir los matrimonios de conveniencia, hechos por los padres sin consultar la voluntad de los hijos; el matrimonio debía, pues, fundarse en el amor y en la libre decisión de los interesados. Los juristas liberales de la Revolución Francesa vieron en esta idea un apoyo para el divorcio, pues tratándose de un contrato, las partes podrían dejarlo sin efecto de común acuerdo.

Pero, desde hace algunos años; esta concepción está sufriendo insistentes ataques. Un contrato es una declaración de voluntad común destinada a reglar los derechos de las partes (art. 1137 , C. Civil); en el acto del matrimonio, en cambio, los cónyuges no hacen otra cosa que prestar su consentimiento, pero todos los derechos están fijados por la ley y las partes no pueden apartarse de estas prescripciones de orden público. La propia voluntad de las partes no tiene aquí la misma potencia generadora que en los contratos, pues no basta como en éstos con la simple declaración de los contrayentes, sino que es necesaria la intervención de un oficial público que los declare unidos en matrimonio. Y no se crea que la intervención del oficial público es similar a la de un escribano ante quien pasa un contrato cualquiera, pues éste no hace más que dar la fe de la realización del acto, mientras aquél lo integra con su actuación. Por ello, Cicu ha podido decir —exagerando a nuestro entender la apreciación de los hechos— que la voluntad de las partes no tiene fuerza constitutiva del estado de familia.

Además, es indudablemente falso concebir al matrimonio nada más que como un vínculo jurídico: obedece a profundos institutos humanos, está impregnado de ideas morales y religiosas; tiene, dice Carbonnier, una inmanencia y una trascendencia, aspectos humanos y otros que la humanidad no explica, es una mélange, un encuentro de la tierra y el cielo.

El matrimonio se propone fundar una familia, crear una comunidad plena de vida, concebir hijos, educarlos; es un elemento vital de la sociedad; es, en fin, una institución.

52.— Josserand, apegado aún, como algunos otros juristas contemporáneos, a las ideas clásicas, afirma que la teoría de la institución proviene de la concepción un tanto estrecha que algunos autores se forman del contrato; sostiene que debe entenderse por ese nombre toda unión de dos o más voluntades con ánimo de crear derechos y que dentro de ese concepto encaja perfectamente el matrimonio. Pero es evidente que nadie se casa con ánimo de crearse derechos, sino por amor. El matrimonio no es un acto de especulación, de cálculo, sino de entrega. La fineza del lenguaje jurídico exige encontrar nombres distintos para designar actos tan dispares como la compra de un paquete de cigarrillos y el matrimonio, un préstamo en dinero y una asociación.

Renard ha puesto de relieve las notas diferenciales entre contrato e institución: a) El contrato es una especulación; vendedor, procura el precio más alto; comprador, procura el más bajo. La institución es un consortium en el que todos los intereses son coincidentes. b) La igualdad es la ley del contrato; por el contrario, quien dice consortium dice organización y disciplina; la jerarquía es pues la ley de la institución. c) El contrato es una mera relación y, en consecuencia, sólo produce efectos entre las partes; la institución es una entidad y, por ello, se impone tanto a las partes como a terceros. d) El contrato es una relación exterior a los contratantes, un lazo de obligación, vinculum iuris; la relación institucional es una interiorización. e) El contrato no es más que una tregua en la batalla de los derechos individuales; la institución es un cuero cuyo destino es ser compartido por sus miembros; en otras palabras, el contrato es un producto de la concurrencia; la institución es un producto de la comunicación. f) El contrato es precario, se desata como se ha formado y toda obligación está destinada a extinguirse con el pago; la institución está hecha para durar, para perpetuarse, desafía a la muerte. g) El contrato es rígido, estático; la institución se adapta. h) El contrato es una relación subjetiva de persona a persona; las relaciones institucionales son objetivas y estatutarias.

53.— Después de este análisis, resulta indudable que el matrimonio es una institución, no un contrato. Ya lo vio muy claramente nuestro Vélez Sarsfield, quien en la nota al título del matrimonio dice que no es posible aplicar al matrimonio los principios que rigen los contratos, pues no podría hacérselo sin descender a las condiciones de una estipulación cualquiera; agrega que hay que considerarlo “como una institución social fundada en el consentimiento de las partes; y entonces las peculiaridades de su naturaleza, su carácter y la extensión de las obligaciones, tan diferentes de las de los contratos, podían corresponder al fin de su institución”.

En cambio, los autores de la ley de matrimonio civil hablaron con insistencia de contrato, con lo que no se hace sino seguir la terminología canónica y la de los juristas liberales del siglo XIX, si bien el régimen creado por la ley responde al concepto institucional.

54. MATRIMONIOS “POST-MORTEM”.— Una de las manifestaciones legislativas más paradójicas de los últimos años es la aparición de los llamados matrimonios post-mortem. La idea surgió en Alemania, durante la última guerra mundial. El 15 de junio de 1943, el entonces ministro del Interior, Himmler, pasó una “circular confidencial” al Registro Civil autorizándolo a celebrar matrimonios entre mujeres alemanas y miembros del Ejército alemán fallecidos en el frente, siempre que estuviese probado que los soldados habían tenido intención de contraer matrimonio con la mujer que formulaba la petición y que no habían cambiado de parecer antes de su muerte; estos requisitos debían considerarse probados con un criterio amplio en los casos en que existiera o se esperara un hijo. El régimen cesó con la derrota; pero los llamados “matrimonios de Himmler” fueron numerosos.

Aunque la idea había suscitado graves críticas, que retomada años después en Francia. En diciembre de 1959, se produjo en el departamento del Var la ruptura del dique de Malpasset, que originó numerosas muertes. Con tal motivo, se dictó la ley del 31 de diciembre de dicho año, por la cual se dispuso que el presidente de la República puede, por motivos graves, autorizar la celebración del matrimonio si uno de los esposos ha muerto después del cumplimiento de formalidades oficiales que marquen inequívocamente su consentimiento; los efectos del casamiento se remontan a la fecha del deceso, pero el matrimonio no da derecho a la sucesión ab intestato en favor del esposo sobreviviente. Se comprende que los motivos graves a que se refiere la ley son, precisamente, la existencia de hijos nacidos y de concebidos, cuya situación se desea regularizar, reconociéndoles la condición de hijos legítimos, con todos los derechos consiguientes, inclusive los hereditarios. Aunque el propósito es simpático, el medio escogido es inadmisible. La celebración del matrimonio con un muerto es una verdadera aberración, sólo concebible en sociedades que atribuyen mayor valor a las apariencias que a la verdad.





§ 2.— Matrimonio religioso y matrimonio civil

55. EL PROBLEMA.— Hemos dicho ya que el matrimonio no es una institución exclusivamente civil, sino que está gobernado también por principios morales y religiosos, por lo mismo que posee una inmanencia tan radicalmente humana.

No es extraño, por tanto, que todas las religiones hayan pretendido siempre influir sobre su régimen. Nos interesa aquí, por la trascendencia que ha tenido sobre todos los países de civilización occidental, estudiar la influencia de la Iglesia Católica.

En un comienzo, la acción de la Iglesia se enderezó solamente a moralizar el matrimonio desde el punto de vista religioso. Operaba sobre las conciencias y las costumbres. Pero, a medida que se fue desenvolviendo el Derecho canónico y, sobre todo, a medida que aumentaba el poder espiritual y político de la Santa Sede, comenzó a atribuirse competencia legislativa y jurisdiccional. Las primeras medidas datan del siglo IX; paulatinamente fue aumentando su injerencia hasta que, finalmente, el Concilio de Trento (1563) afirmó definitivamente su competencia. El matrimonio fue elevado a la categoría de sacramento; por tanto, el poder civil carecía de facultades para legislarlo. No solamente la celebración y el régimen jurídico eran fijados por el Derecho canónico, sino que las causas judiciales que le atañían caían bajo la jurisdicción de los tribunales eclesiásticos.

Mientras el mundo cristiano mantuvo su unidad, la potestad de la Iglesia sobre todo el régimen del matrimonio imperó sin oposiciones. Es en la Reforma donde debe buscarse el primer antecedente del retorno al matrimonio civil. Calvino y Lutero negaron al casamiento el carácter de sacramento y sostuvieron la competencia de la autoridad civil. Pero fue la Revolución Francesa la que dio el paso decisivo, legislando sobre el matrimonio como un contrato enteramente civil y ajeno en su celebración y consecuencia de la religión.

La Iglesia reaccionó enérgicamente contra la laicización del matrimonio, pero su postura es hoy menos intransigente. No niega ya el derecho del Estado de intervenir en su regulación jurídica; reconoce su interés en llevar registros de estado civil; y, por tanto, de asentar en sus libros los matrimonios; finalmente, ha admitido en el Concordato de Letrán suscripto con el gobierno italiano, la legitimidad de la intervención de los tribunales civiles en todas las causas originadas en matrimonios católicos, inclusive las relativas a la separación de cuerpos, siempre que no esté en juicio la validez del vínculo. El papa Pío IX resumía así la posición de la Iglesia en esta materia: “No hay más que un medio de conciliación: que César guarde lo que es de su resorte y la Iglesia lo que le pertenece. Que el poder civil disponga efectos civiles, pero que deje a la Iglesia el poder de regular la validez entre cristianos. Que la ley civil tome como punto de partida la validez o invalidez del matrimonio, según lo que la Iglesia haya decidido y partiendo de este hecho (que está fuera de su esfera producirlo) disponga entonces sus efectos civiles”.

56. DIVERSOS SISTEMAS LEGISLATIVOS.— ¿Cómo se ha resuelto en la legislación contemporánea el problema del matrimonio religioso y sus efectos civiles? Los principales sistemas son los siguientes:

a) Matrimonio religioso y matrimonio civil completamente separados; sólo éste produce efectos legales. Es el sistema imperante en nuestro país y en casi toda Latinoamérica, en Francia, Bélgica y Alemania. No obstante la ninguna validez legal del casamiento religioso, en todos estos países se ha mantenido la costumbre muy generalizada de celebrarlo simultáneamente o sucesivamente con la ceremonia civil.

b) El matrimonio religioso tiene plenos efectos civiles; en otras palabras, la ceremonia puede realizarse ante el ministro de culto o ante el oficial público, pero el régimen jurídico está fijado exclusivamente por la ley civil. Siguen este régimen Brasil, Inglaterra, Estados Unidos, Suecia, Noruega y Dinamarca.

c) El matrimonio puede contraerse por la ley o por la Iglesia, a opción de los interesados; pero, celebrado ante la Iglesia, cae bajo el régimen del Derecho canónico. El párroco tiene la obligación de comunicar al Registro Civil los matrimonios que hubiere celebrado, a los efectos de su inscripción. No obstante estar regido por el Derecho canónico, la jurisdicción judicial pertenece a los tribunales civiles, salvo en lo referente a la validez o nulidad del vínculo, que es de competencia de los tribunales eclesiásticos. Es el régimen de Italia, Portugal y la República Dominicana.

57. ANTECEDENTES PATRIOS.— En la época de la conquista de América, España era el campeón de la Iglesia Católica en su lucha contra los infieles y herejes. Como toda lucha, ésta también condujo a intransigencias y exageraciones. La única unión legítima era la aceptada por la Iglesia; bajo pena de nulidad estaban prohibidos los casamientos con heterodoxos (Part. IV, Tít. 2, ley 15).

En América estas leyes se aplicaron con todo rigor, lo que no dio lugar a mayores dificultades mientras se vedó la entrada de los no católicos.

Pero, desde el principio de nuestra vida independiente, quedó de manifiesto la injusticia del sistema. Los extranjeros que no pertenecían a la religión oficial debían vivir en concubinato. Los primeros gobiernos patrios dictaron algunas tímidas medidas que tendían a darle alguna elasticidad a la regulación del matrimonio. En enero de 1824 se dictó un decreto en la provincia de Buenos Aires sometiendo a la jurisdicción ordinaria “el conocimiento de toda las incidencias resultantes en los matrimonios o de las alteraciones de los contratos de ellos”; una ley de la misma provincia del 25 de marzo de 1833 autorizó el casamiento entre católicos y disidentes, lo que sí estaba permitido por las leyes canónicas era prohibido por las españolas. Y más importante que estos decretos fue el Tratado con Inglaterra de 1829, que reconocía a los súbditos británicos una “perfecta e ilimitada libertad de conciencia y del ejercicio de su religión pública o privadamente”, lo que significaba la posibilidad de contraer matrimonio por su Iglesia.

A esto se reduce la legislación patria sobre la materia, hasta la sanción del Código Civil. El régimen canónico del matrimonio mantuvo, pues, todo su imperio. En realidad, las costumbres, el espíritu religioso del pueblo, se oponían a cualquier otro régimen. Pero la generación liberal que entró a gobernar el país después de Caseros comenzó a propugnar el casamiento civil. Oroño, gobernador de la provincia de Santa Fe, consiguió en 1867 que la Legislatura lo estableciera. La conmoción popular fue intensa, el obispo excomulgó al gobernador y a los legisladores; y la agitación llegó a tal extremo que el mandatario debió abandonar el poder, la Legislatura fue disuelta y reemplazada por otra que abolió inmediatamente el matrimonio civil. Cuando Vélez proyectó en aquellos días su Código, no podía insistir en el grueso error de los gobernantes santafesinos. Estableció, pues, que el matrimonio entre personas católicas debía celebrarse según los cánones y solemnidades prescriptos por la Iglesia Católica (art. 167 ); en la misma forma debían celebrarse los matrimonios entre católicos y cristianos disidentes (art. 180 ). Pero se reconocía la validez civil de los matrimonios entre disidentes y no cristianos, si fuesen celebrados de conformidad a las leyes del Código según las leyes y ritos de la Iglesia a que los contrayentes pertenecieran (art. 183 ).

Sin embargo, no habían transcurrido veinte años de la vigencia del Código, cuando fue dictada la ley 2393 <>, que implantó el matrimonio civil. El lapso fue breve pero denso. Un gran caudal inmigratorio afluyó hacia el país; estas masas, aunque católicas en su mayoría, no tenían la extrema sensibilidad religiosa de a población hispánica; además, el liberalismo extendió paulatinamente su influencia en todo el mundo. No es de extrañar, por tanto, que la solución que no fue posible en 1869 lo fuera en 1888.

58.— Es necesario decir que nuestro sistema legal ha funcionado sin mayores inconvenientes y ha permitido una cómoda convivencia del Estado y la Iglesia. Los creyentes siguen celebrando el matrimonio religioso independientemente del civil, cumpliendo así sus deberes de conciencia y elevando su unión a la jerarquía de sacramento. No queremos decir con ello que merezca aprobarse el sistema de nuestra ley, que sólo reconoce validez legal al matrimonio civil. Las regulaciones legales no deben ser contrarias a principios morales y religiosos firme y universalmente vividos por la comunidad. Y la institución del matrimonio civil como única institución válida en pueblos de vivencias religiosas choca con la realidad social. Esto ha traído algunos problemas, excepcionales por cierto, pero no por ello menos dignos de consideración. Así, por ejemplo, quien ha contraído sólo matrimonio religioso, ¿puede aspirar al beneficio de pensión acordado por las leyes a las viudas? La Corte Suprema resolvió con señalado acierto el problema, declarando que, si bien la actora no podía considerarse viuda en términos estrictos, las leyes de previsión social deben interpretarse con gran laxitud para impedir el abandono en la ancianidad de personas que se encuentran en estas condiciones. En cambio, no hizo lugar al pedido de reconocimiento del derecho de pensión en el caso de una persona que, sin disolver el matrimonio anterior, había contraído uno nuevo según el rito judío. La diferencia se justifica porque no hubiera podido hacerse lugar a la demanda sin desmedro del principio de la indisolubilidad del primer vínculo.

ARTICULO TOMADO DEL TRATADO DE DERECHO CIVIL ARGENTINO DE GUILLERMO BORDAS.

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Publicado por ELMAGOAZ @ 3:56 AM  | DERECHO CIVIL
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